Matilde Caamaño, primera mujer ingeniera electricista de Venezuela.
Matilde Caamaño llegó muy joven desde España a Venezuela, como llegaron miles en esos tiempos, perseguidos por el fascismo que reinaba en la vieja Europa y, en cuyos reinos asombrosamente resucita con frecuencia. En la ruta de muchos, la que siguió a la guerra civil española en la que Franco, apoyado antes y apoyando después a Hitler, sembró las cunetas de muerte y a las familias de separaciones forzadas.
Con su madre
encarcelada y su padre perseguido, por defender sus ideas republicanas, el azar
y la necesidad los llevaron por las rutas del exilio con escalas que terminaron
en Caracas, donde la familia volvió a juntarse y a sembrarse con raíces muy
profundas.
Cuando llegó, recién
graduada de bachiller, fue con su padre a la Universidad Central de Venezuela,
en la que aceptaron que iniciara la recientemente creada carrera de Ingeniería
Eléctrica, con la condición de aprobar la reválida antes de que terminara el
primer año. Y así, por casualidad, esa gallega que llamaban pitagoriñas por su
gusto por las matemáticas desde pequeña, inició su carrera profesional que la
llevaría a ser la primera ingeniera electricista graduada en Venezuela en el año
1954.
En Venezuela construyó
su propia familia y nacieron sus cuatro hijos Raúl, Matilde, Luís e Isabel,
crecieron y estudiaron gracias a su trabajo como ingeniera en la Electricidad
de Caracas, donde “la doctora” por muchos años fue la única mujer en ese mundo
de ingenieros, en un sistema patriarcal, donde el dominio en esa profesión era totalmente
de hombres, donde la mujer solo estaba predestinada al hogar y criar hijos, por
su fuerza y su espíritu de lucha como mujer logro desarrollarse profesionalmente.
Todavía la facultad
de ingeniería mantiene el estereotipo de carrera con más hombres que mujeres,
pero la planificación de la red de distribución que iluminó a Caracas en la
segunda mitad del siglo pasado fue producto, en gran medida, de una ingeniera
llamada Matilde Caamaño. Una fémina gallega, pero tan venezolana que disfrutaba
por igual de la empanada gallega que de unas buenas caraotas con chicharrón y,
que no podía pasar de ninguna manera un diciembre sin hacer hallacas, pan de jamón
y su dulce de lechosa.
Nunca quiso regresar
a España, ni siquiera de vacaciones, hasta después de la muerte del dictador
Franco, y siempre decía de Caracas que era su sitio para vivir, y cada año por
estas fechas, después de las lluvias, que este era el año que más verdor había
en los árboles de la ciudad.
Con Chávez encontró
su verdadero amor político, y es que la pasión que desató en ella el chavismo
fue la misma que arrastró a millones de venezolanas y venezolanos hartos ya de
la corrupción, la mentira y la violencia de la falsa democracia puntofijista.
Con más de 60 años,
cuando surgió el huracán chavista, se sumó a todas las actividades, con sus
compañeras de edad y mantuvieron por varios años su periódico chavista: La
Hoja, que escribían en su círculo bolivariano y reproducían caseramente con
fotocopias y pasándolo de mano en mano.
Matilde tenía otras
virtudes, en la cocina hacia un caldo gallego y unas hallacas para chuparse los
dedos; desde muy niña comenzó a leer a Simone de Beauvoir y la buena literatura
del mundo, y hasta a usar la regla de cálculo para las cuentas, antes de que se
generalizaran las calculadoras.
En la Universidad
Simón Bolívar, donde era profesora, en los cursos de verano de ingeniería eléctrica,
llevaba a su hija Isabel, la cual se llenaba de asombro al ver que, al inicio de un examen, permitía
que los estudiantes se comunicaran entre sí, alegando que no tenía relevancia ya
que, eran problemas difíciles y que en la vida real era normal que se
discutieran las posibles soluciones y, el fin de la evaluación era cómo cada
uno, desarrollaban las soluciones.
Al recibir una visita
en casa, se destacaba como anfitriona, se aseguraba de tener siempre algún
bocado para el acompañante o preparaba rápidamente alguna merienda para los compañeros
de clases de sus hijos, que se presentaban a estudiar en casa.
También cosía su
ropa, y con su amiga predilecta María Pilar (ingeniera civil), vivieron un
tiempo de un taller de costura en el que también ayudaba su hija Matilde y, en
el que los patrones de la ropa eran corregidos a veces cual planos, comentando
entre ellas de cuántos grados era el ángulo que había que meterle desde la sisa
a esa manga.
Recorrió por muchos
años, en compañía de sus hijos y sus compañeros de clase de bachillerato, casi
todos los caminos del Waraira Repano (cuando todavía se llamaba El Ávila),
sirviendo de guía exploradora.
En todas las
actividades que realizaba, irradiaba felicidad: en la cocina, en la naturaleza,
en los libros, en el estudio, en la docencia, en la política y hasta montando en
burro amarrado bajo un samán a su hija Isabel.
En su vida polifacética,
también fue por casualidad y necesidad, la regente de una finca de ganado, en donde
aprendió a alumbrarse con mechurrios de gasoil hechos con latas de aceite, a
disfrutar de oír cuentos del llano en las noches y cantos en el ordeño, a bañarse
en lagunas con las babas y que al llegar a casa había que revisar detrás de los
pequeños cuadros y almanaques de cartón guindados en la paredes, porque siempre
allí había alacranes que eliminaba con sus cholas de palo del Dr. Scholl.
Por allí, en el sur
de Aragua, era también de las poquísimas mujeres que iban todos los fines de
semana, generando a su paso que algunos hombres de las precarias casas donde
paraba habitualmente, se pusieran su franela pese al calor, para tomarse un
refresco con la señora Matilde.
Definitivamente, extraordinaria
mujer, una madre siempre dispuesta para sus hijos, que hizo de Caracas su ciudad
y de ésta su patria, sin miedo a combinar el gusto por hacer el pan, con el
gusto por revisar planos o lidiar con tareas en la que casi todos sus
compañeros de faena eran hombres, lectora de buena literatura hasta sus últimos
días y definitivamente antifascista y antiimperialista.
Fuente: Isabel
Iturria Caamaño
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